Jesús el predicador

por Edesio Sánchez Cetina, Biblista, exegeta y profesor

 

Introducción

Por lo general, se ha dicho que Mateo 4.23 y 9.35 ofrecen, en el Evangelio Según San Mateo, un resumen del ministerio o actividad de Jesús (el énfasis es mío):

Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Mt 9.35, RV60).

En efecto, cuando se leen los tres Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), estos son los tres elementos que más resaltan: Jesús enseña por sobre todas las demás actividades, predica y sana.  Ya que nuestro tema es el de la «predicación», este ensayo se enfocará en esa particular actividad.  La intención no es concentrar el estudio en un análisis léxico o semántico de una o varias palabras («predicar», «proclamar», «anunciar», «publicar», «pregonar»), sino de descubrir o estudiar en qué consiste el ministerio de la predicación en la actividad pública de Jesús.  De todas maneras, dedicaré el resto de la introducción para hablar de algunas palabras que tienen que ver con el tema.

Lo primero que salta a la vista es que la palabra griega (kerússein) que normalmente se traduce como «predicar» en nuestras Biblias (en este ensayo, las de Jerusalén-2009 y Reina-Valera-1960) se usa, sobre todo, para «anunciar las buenas noticias del reino de Dios» a grupos de oyentes muy heterogéneos.  Por lo general, a quienes ignoran esas «buenas noticias».  El ambiente, por lo general, no es el de un templo o edificio, ni siquiera una casa, sino el campo abierto.  Eso no significa que Jesús no «predicara» en los terrenos del templo o en las sinagogas.  De hecho, Lucas 4.43-44 (BJ) expresamente lo señala: «“También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado.” E iba predicando por las sinagogas de Judea».

El desarrollo del «contenido de la predicación» se hará en la sección correspondiente.  Aquí nos interesa tener claro en qué consiste la acción de «predicar», cómo se entiende en los Evangelios Sinópticos y en qué difiere con lo que hoy entendemos o estamos acostumbrados a considerar qué es «predicar» en el contexto de las iglesias evangélicas.

 

Casi todos los textos paralelos de los Sinópticos en los que aparece el verbo «predicar»—el sustantivo «predicación» [kerygma] aparece muy poco, y está presente en textos que pertenecen a la fuente «Q» (una tradición de dichos y enseñanzas de Jesús a la cual tanto Mateo como Lucas tuvieron acceso).  Ese es el caso del texto que habla de la «señal de Jonás» (Mt 12.38-42 y Lc 11.29-32)—proceden de Marcos.  Además de tener a Jesús como sujeto, en esos textos, también los discípulos y los seguidores de Jesús—que vinieron después de ellos—«predican».  Y el contenido, como se ha dicho, es «las buenas noticias del reino de Dios».  Un cuarto sujeto es Juan el Bautista (Mc 1.4; Mt 3.1-2; Lc 3.3).  Este, antes de referirse al «reino de Dios», llama a su audiencia «a conversión».

En Lucas, no así en los otros dos sinópticos, junto con el verbo kerússein («predicar») aparece el verbo euggelisasthai («anunciar las buenas nuevas»).   Es probable que la razón de esta combinación se deba a la cita de Isaías 61.1-2.  En esa cita, Jesús vino «para anunciar a los pobres la Buena Nueva…a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4.18-19, BJ).  Así, en Lucas 4.43-44 y 8.1 Jesús «proclama y anuncia las buenas nuevas».  Y ese anuncio era dirigido, como bien indican Lucas 4.18 y 7.22, a los pobres, a los oprimidos, a los cautivos.

El anuncio de esa tarea, se dio en la sinagoga (Lc 4.16).  Allí, la predicación de Jesús fue realmente enseñanza: la presentación de cuál sería su tarea, la indicación de que él era el cumplimiento del proyecto profético de Dios y el desafío a su audiencia.

Y aquí es donde entra la relación indiscutible de «predicación» y «enseñanza».  En este caso, Mateo es quien más énfasis da a esa relación (véase 4.23; 9.35 y 11.1).  Pero vale la pena observar más de cerca esos tres textos.  En ellos, junto con la predicación y enseñanza aparece también la «sanidad­ de enfermos.  En los tres textos, esos tres elementos son  parte indisoluble de su ministerio.  Mateo 11.1-6 (RV60) lo hace más explícito:

Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos.Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, a los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí.

 

Aunque Mateo no cita a Isaías 61.1-2, como lo hace Lucas, sí notamos una clara coincidencia en la temática.  No importa cómo se defina el ministerio (predicación, enseñanza o sanación), el objetivo es el mismo: La buena noticia de salud, libertad y vida para los pobres, los cautivos y los oprimidos.

Pues bien, además de hablar de «predicación», se nos hace necesario hablar de «enseñanza». ¿Por qué?  Porque lo que se dice en los evangelios acerca de la actividad de «enseñar» en el ministerio de Jesús, es para la comprensión de hoy «predicar».  Si no, ¿por qué al amplio pasaje de Mateo 5—7, que empieza con «tomando la palabra les enseñaba diciendo» (5.2, BJ), lo conocemos como «El sermón del monte».  Y las parábolas que tanto usó para hablar del mensaje del reino de Dios, no dicen los evangelios que las «predicó», sino que las «enseñaba» (Mc 4.2).  Si bien «enseñaba» sobre todo en las sinagogas (Mc 1.21; 6.2; Mt 4.23; 9.35; 13.54; Lc 4.15; 6.6; 13.10), también se dice que enseñaba en el templo (Mc 12.35; 14.49; Mt 26.55; 19.47; 20.12; 21.37), junto al mar (Mc 4.1; Lc 5.3), y por las aldeas (Mc 6.6; Mt 11.1; Lc 13.22).  De hecho, los enemigos de Jesús, ante Pilato, afirmaron: «Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí» (Lc 23.5, RV60).

Si nos atenemos al vocabulario, Jesús fue más maestro que predicador.  Sin embargo, una lectura detenida de los Evangelios Sinópticos nos indicará que Jesús al enseñar predicaba y al predicar enseñaba.  De otra manera no podríamos entender el ministerio de Jesús como «anunciador o proclamador de las buenas noticias del reino de Dios».

 

El mundo que conoció a Jesús como predicador

Para empezar, pongamos a «Jesús en su lugar».  Por lo general, los estudios publicados sobre Jesús y se actividad como predicador se dedicaron sobre todo a hablar del método homilético de Jesús, pero sin considerar su contexto vital.  Y en los trabajos donde se colocó a Jesús en contexto, tanto el mundo de Jesús como su actuar se escribieron desde la perspectiva de la vida y misión de la iglesia en la modernidad.  Era de esperarse.  La intención era ayudar al pastor o predicador contemporáneo describiéndole las dotes comunicativas de Jesús, el tipo de géneros discursivos, sus ejemplos e historias tomadas de la vida real, la forma de capturar la atención de la audiencia.  Para ello, Jesús fue vestido como un pastor urbano de la actualidad, parado desde una tarima o podium, detrás de un púlpito, y hablándole a un auditorio, sentado frente a él, en una sala en forma de aula universitaria—la arquitectura y diseño de nuestros templos modernos.  Este Jesús contemporáneo vive, como es de suponerse, de acuerdo con la cosmovisión occidentalizada que es la que conocemos y en la que estamos inmersos.  Casi todos los estudios sobre Jesús y su actividad o ministerio se enfocaban, hasta bien entrado el siglo XX, en el individuo, la persona—¡Claro, la nuestra es una sociedad y cultura que ha acentuado el valor del individuo y sus logros!  Jesús aparece como héroe individual.[1]

Si vamos a considerar a Jesús como paradigma de predicación, es necesario evitar todo cortocircuito hermenéutico y colocar a Jesús en su mundo, en la sociedad y cultura del mundo mediterráneo del primer siglo de nuestra era, en su contexto rural y campesino de la Galilea que le conoció en los años que vivió y realizó su misión.  Solo así, podremos hacer los ajustes para poder ubicar el paradigma «Jesús predicador» en nuestro aquí y ahora.[2]

Los escritos del Nuevo Testamento, en su conjunto, suelen reconocer a Jesús como profeta, maestro y Mesías.  Desde el punto de vista de su vida como el hijo de María y hombre de Nazaret, los evangelios hablan de él reconociéndolo como tal, en labios de sí mismo, de sus seguidores y de quienes no pertenecían a su grupo o eran sus enemigos.  En la época de Jesús, tal como dice Gerd Theissen, «había muchísimos maestros, poquísimos profetas, y el mesías se esperaba casi siempre como una figura única y singular»[3]   Sin embargo, antes de ver a Jesús como una de estas tres funciones, debemos de considerarlo tal como lo debieron de haber visto sus contemporáneos, de acuerdo con los estudios sociológicos que nos plantean algunos autores de los citados en la segunda nota a pie de página.

 

Para los propósitos del presente ensayo, y después de haber revisado varios estudios y teorías al respecto, me parece más pertinente hablar de Jesús como «carismático»—en el sentido que le da Max Weber a la palabra en su obra Economía y sociedad, distinguiéndola del dominio tradicional y legal, y no en el sentido que hoy se le da en círculos evangélicos, sinónimo de neo-pentecostal.  Max Weber lo define así:

 

Debe entenderse por «carisma» la cualidad, que pasa por extraordinaria (…), de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobre humanas—o por lo menos específicamente extra cotidianas y no asequibles a cualquier otro—, o como enviados del dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder. El modo como habría de valorarse «objetivamente» la cualidad en cuestión, sea desde un punto de vista ético, estético u otro cualquiera, es cosa del todo indiferente en lo que atañe a nuestro concepto, pues lo que importa es cómo se valora «por los dominados» carismáticos, por los «adeptos».

 

Como tal, Jesús no dependía de ninguna institución ni función previa reconocida por la sociedad o statu quo.  De allí que cuando se quiere entender a Jesús como maestro, profeta o mesías, todos los esquemas conocidos se rompen y se entra en conflicto con ellos.  Visto en relación con otras funciones o instituciones, Jesús rompió con todas las expectativas relacionadas con el hogar, la aldea, la ocupación, las relaciones sociales, económicas y políticas.

 

El ambiente social y cultural del mundo de Jesús

 

En la sociedad bajo el Imperio romano, el parentesco fue la institución social central y omnipresente.  No importaba si eras romano, griego o judío, el parentesco era fundamental para la función de cada grupo.  Los grupos familiares de la élite controlaron la política, fuera la forma que fuera: monarquía, democracia o teocracia.  Esas familias controlaban la economía y las relaciones sociales.  En las familias campesinas, el apoyo solidario en tiempos de escasez permitió la supervivencia de los individuos que de otra manera habrían perecido.  De hecho la religión y la economía estaban supeditadas a las relaciones de parentesco.

 

Cerca del 90 % de la población vivía en pequeñas aldeas no mayores de 150 habitantes, quienes estaban, por lo general, emparentados entre sí.  Es decir, eran pequeños pueblos formados por un clan familiar.  Muy pocos, un 10 %, vivían en las escasas ciudades.  Quienes vivían en ellas eran, casi siempre, gente de la élite religiosa, militar y política.  Esas ciudades eran muy pequeñas, comparadas con las de hoy en día: una ciudad como Jerusalén no superaba los 35,000 habitantes.  En ellas vivían, como es de esperarse, quienes controlaban los asuntos políticos, culturales y religiosos.  Esa élite, por lo general, la conformaban los grandes terratenientes que día a día les arrebataban a los campesinos las pequeñas parcelas familiares, a través transacciones económicas muy desiguales.  Los terratenientes esperaban tiempos de sequía y momentos en que el campesino se veía incapaz de pagar los impuestos del Templo y del Imperio—cerca del 50 % de la producción.  En la época del reinado de los Herodes, Cesar Augusto (y las élites que lo apoyaban) era dueño de toda la costa mediterránea, de Samaria y Transjordania, y la familia herodiana era dueña de casi toda Judea y Galilea.

 

La mayor parte del ministerio de Jesús se desarrolló entre los campesinos que vivían en las áreas rurales; casi todos ellos analfabetos y nunca mayores de 40 años.  ¡Jesús no fue un predicador urbano!

 

Los grandes terratenientes, que controlaban la vida diaria de ese 90 % de la población, tenían por lo general dos residencias.  Una estaba en el campo; en la tierra que les daba a esta élite el poder y la riqueza.  La otra residencia estaba en la ciudad; donde residían los otros terratenientes.  Un «ejército» de campesinos y artesanos se requerían para sostener estas élites.  A diferencia de las ciudades modernas, las ciudades del Mediterráneo del I siglo eran grandes centros rurales donde vivían rancheros, ganaderos y grandes agricultores.  Estos formaban familias «de alta alcurnia» que desplegaban todo tipo de riqueza y negocios para competir por los mejores puestos de honor y gloria.  La ciudad también les servía de centro desde donde organizaban fuerzas policiales para proteger sus intereses y desarrollar maneras de extorsión y enriquecimiento a expensas de las masas campesinas.

 

En realidad, la residencia de la ciudad no era la casa, sino el lugar para socializar, hacer transacciones comerciales y políticas.  Los terratenientes vivían en el campo, en enormes casas con todo tipo de servicios y lujos, y rodeados de esclavos y jornaleros.

 

Esas élites que manejaban y controlaban la vida campesina y artesanal, estaban sujetas a la gran urbe de Roma.  El culto al emperador no es otra cosa más que una expresión de cómo se usó la religión para afirmar la centralidad del poder de Roma y la sacralización de la «omnipotencia» como arma clave en las ciudades y su control sobre las aldeas y poblaciones satélites.

 

Esa omnipotencia, en una sociedad sin leyes de protección al ciudadano común ni derechos civiles, se convertía en violencia del establishment o «vigilantismo».  En otras palabras, en el Imperio Romano, como en muchos de nuestros países subdesarrolados, la aplicación del poder tenía como propósito beneficiar a las élites «urbanas» y al poder a quien estos apoyaban y de quien se beneficiaban.  Y así, si vamos descendiendo de la pirámide de la sociedad, del poder imperial al poder del patriarca del clan familiar, las relaciones sociales tenían como punto de referencia la dominación.

 

La función de Jesús como líder carismático

 

Cuando Jesús apareció en escena, su actividad o ministerio la llevó a cabo entre una población de campesinos, artesanos y jornaleros.  Él mismo era carpintero (mas constructor que carpintero, en el sentido actual) y, a diferencia de la mayoría de la clase trabajadora de nuestra época, su casa era a la vez vivienda y lugar de trabajo.  Y este dato es de suma importancia.  Porque Jesús, para llevar a cabo su misión, lo primero que hace es romper con el hogar, la familia.  La ruptura de los lazos familiares significaba para cualquier persona del Oriente medio, la disolución de su identidad social, de su identidad como persona, se convertía para su gente en un «don nadie».  Al dejar Nazaret, abandonaba hogar, parientes y lugar de residencia.  En otras palabras, perdía todo su prestigio social (honor) entre los suyos—de la misma manera que le sucedió al hijo más joven de la parábola del «Padre y sus dos hijos» (Lc 15.11-32)—, se llenaba de «vergüenza», se volvía un «sin-hogar» (apátrida) y venía a formar parte del tipo más bajo de los grupos familiares que vivían en Galilea: «la de los dispersos» (los otros tipos eran: las familias «extensas», «múltiples» y «nucleadas»); los sin hogar, los mendigos, los que habían perdido su tierra y no tenían trabajo.[4]

 

Eso explica por qué Jesús fue rechazado tan estrepitosamente de Nazaret (Lc 4.22b-30); por qué su familia escandalizada lo buscaba para llevar a casa (Mt 12.46-50) y hasta lo consideraron, fuera de sí, un loco (Mc 3.21); y por qué le respondió a un pretendido seguidor auto convocado, «Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero yo, el Hijo del hombre, no tengo un lugar donde descansar» (Mt 8.20=Lc 9.58, TLA).

 

Como segregado, sin hogar ni patrimonio, la definición de Jesús como maestro, profeta y mesías tenía que ser tan radicalmente opuesta a la de cualquier otro líder que pudiera considerarse como tal.  Sus seguidores principales no podrían ser otros más que los desclasados y marginados de la sociedad.  Y el contenido de su mensaje definitivamente tendría que responder principalmente a las necesidades de ese grupo de gente, y oponerse a quienes pertenecían a las clases dominantes (incluyendo a los patriarcas de las familias en las pequeñas aldeas).

 

Todo conocedor del Nuevo Testamento sabe que Jesús no fue el único maestro en Galilea.  A él, como a muchos otros, lo llamaban «rabí».  Pero de ningún maestro del judaísmo de esa época se le conoció como maestro itinerante.  Jesús fue el primero y el único.[5]  Los otros maestros tenían su autoridad porque la institución educativa judía se la concedía y nadie cuestionaba sus conocimientos.  Pero Jesús era maestro por su propio carisma, porque así se lo reconocía la gente (Mc 1.22), el asombro y admiración se debía no tanto al conocimiento como a la sabiduría con que enseñaba a la gente.  A diferencia de los otros maestros, Jesús como maestro itinerante no solo fue seguido por varones, sino también por mujeres (Mc 15.40-41; Lc 8.1-3), y se rodeó de toda clase de gente: cobradores de impuestos, guerrilleros, prostitutas, niños y extranjeros.

 

Todo conocedor del Nuevo Testamento sabe que Jesús fue considerado profeta como lo fue también Juan el Bautista.  Pero su ministerio profético lo enfocó hacia los desdichados, los pobres y marginados (Lc 4.18-19; 6.20-26; 13.28-30; Mt 11.2-6; Mc 10.13-15), y no solo proclamó con palabras, sino lo realizó con milagros, sanaciones y expulsión de espíritus malignos.

 

Como mesías, y tampoco fue el único denominado así, rompió con todas las expectativas tradicionales—hasta su mismo discípulo, Pedro, que lo reconoció como tal, tenía un concepto equivocado, desde la perspectiva de Jesús, de lo que era ser mesías.  Tal fue la concepción tan distinta en el mensaje y conducta de Jesús, que terminó crucificado con vil mesías delincuente.  Todo en él fue contradictorio y causante de gran perplejidad: su concepción del reino de Dios, sus «doce seguidores» que venían a conformar el liderazgo de ese reinado, la designación de quiénes son los miembros privilegiados de ese reino, lo que pensaba del liderazgo religioso de Jerusalén, de su rey y de su actitud ante el imperio romano.

 

Jesús el predicador

 

Su audiencia

 

Ya antes se ha indicado que la principal audiencia de Jesús la formaron principalmente los del tipo familiar llamado «disperso­».  Ellos, junto con la población rural, formada por modestos labradores, arrendatarios, jornaleros, pescadores y artesanos—a la cual habría que añadir al grupo que servía a la élite urbana: recaudadores de impuestos, soldados, maestros de la ley y funcionarios de diversa índole—, sumaban un 90% de la población total.

 

Visto desde la perspectiva social, el enfoque principal se dio sobre los desarraigados y los marginados de la sociedad.  Jesús, quien originalmente no fue uno de ellos, se hizo como ellos al abandonar su lugar de origen: hogar y trabajo familiar.  De igual modo sucedió con los que llamó con seguidores:

 

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. (Mt 10, 34-39, RV60)

 

Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. (Mc 10,28-30, RV60)

 

Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, 9sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas. Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad. Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban. (Mc 6,7-13, RV60)

 

Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios. (Lc 9,57-62, RV60)

 

Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres. Y dejando luego sus redes, le siguieron. Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes. Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron. (Mc 1,16-20, RV60)

 

Todos estos textos nos dan suficiente información para considerar que la labor proclamadora y evangelística de Jesús y de sus seguidores significaba «encarnarse­», es decir, vivir como vivía el grupo mayoritario que formaba su audiencia.  Llama la atención que así como el llamamiento fue para dejarlo todo y recorrer el país sin residencia fija, de igual modo, prácticamente todos los llamamientos realizados por Jesús, para seguirlo, fueron hechos en el campo abierto.

 

Métodos y formas de predicación

 

Dejando de lado las diferencias, sutiles o no, entre enseñar y predicar, Jesús como maestro y profeta enseñó al predicar y predicó al enseñar.  Jesús conoció bien a su audiencia, sus necesidades, sus experiencias de vida y sus anhelos.  Por ello, en sus predicaciones y enseñanzas, su mensaje se presentó usando términos y experiencias de la vida campesina y rural, del estilo de vida que habían experimentado sus oyentes y la de sus patrones, terratenientes y élites sacerdotales, militares y políticas.  Halvor Moxnes lo expresa así:

 

La audiencia de Jesús escucharían (sic) sus parábolas desde la comprensión  compartida de lo que era la vida.  De esta forma, las imágenes o las historias del grupo familiar y de la aldea en las parábolas de Jesús eran algo más que tópicos; en realidad, reflejaban una localización desde la cual se experimentaba la vida y servían como lugar para identificarse con los protagonistas de la parábola.  Hay una perspectiva compartida y una experiencia de identidad entre la audiencia que escuchaba las parábolas, las figuras de las parábolas y la «voz» de la parábola, el autor implicado.[6]

 

En su proclamación, Jesús habla de contextos de labranza, de viñedos, de pesca, de pastoreo, ovejas y cabras, de artesanos y de comerciantes.  Su forma principal de comunicación es la parábola o comparación, y la presenta por medio del arte narrativo, del cuentacuentos o cuentahistorias.  En su tarea proclamadora, Jesús no hace la tarea que hoy día es común en el ministerio de la predicación.  Él no se basa en un texto bíblico de las Escrituras hebreas, no se le ve haciendo trabajo exegético, leyendo fuentes bibliográficas o escribiendo extensos sermones.  Lo suyo, más que despliegue de conocimientos, es expresión de sabiduría para la vida.  Dice Joseph Klausner, un erudito judío:

 

…Los escribas no enseñaban nada que sacaran de sí, sino que se basaban por completo en las Escrituras, mientras que Jesús expresaba lo que surgía de su corazón, sin esa constante referencia a los textos sagrados…Jesús sabía también explicar las Escrituras como un verdadero fariseo, pero lo hacía con menos frecuencia que los fariseos y escribas; como regla, hablaba igual que los antiguos profetas, sin basarse en algún “está dicho” o “está escrito”…Jesús…ponía el énfasis en su propia persona….[7]

 

Ese mismo autor, citando la teoría de H. P. Chajes, indica que la palabra griega exusía («autoridad») refleja el término hebreo moshel, que quiere decir «predicador-de-parábolas».  En este caso, el texto bíblico de Marcos 1,22 dice, más bien, «les enseñaba como quien tiene autoridad (predicador-de-parábolas), y no como los escribas».  Es decir, Jesús aplicaba las Escrituras a la vida real, usando comparaciones y no discurría el texto de manera literal como los maestros de la ley.

 

Jesús no estuvo comprometido o ligado a ninguna institución religiosa o educativa a la cual hubiera convertido en su centro de enseñanza o predicación.  Sí se le ve en los terrenos del templo y en las sinagogas, pero también a la orilla del lago de Galilea, y recorriendo aldeas y pequeñas ciudades como Cafarnaún, e incluso incursionando en territorios extranjeros, como Tiro, Sidón, Cesarea de Filipos y la zona de Decápolis.

 

Como maestro del arte parabólico, del arte narrativo y como poeta, Jesús hizo uso de toda una rica gama de figuras retóricas y maneras de cautivar a su audiencia, y moverla a una decisión.  Hizo uso de la exageración y la hipérbole, no solo como recurso retórico literario, sino también para mostrar lo radical del estilo de vida y compromiso al que llamaba a su audiencia.  Los siguientes dos ejemplos muestran a Jesús no solo como un excelente conocedor de la cultura y sociedad de su época, sino también como un gran comunicador que estira los límites de las costumbres, la cultura y la sociedad para darle mayor fuerza a su mensaje proclamado.

 

La parábola del hijo pródigo: En el caso de esta parábola que el texto titula como «Un padre tenía dos hijos­» (Lc 15,11-32), Jesús arma un relato en el que cada miembro de la familia (el padre, el hijo mayor y el hijo menor) rompe de manera estrepitosa, con sus actitudes y acciones, varias prácticas culturales propia de las aldeas campesinas del mundo mediterráneo del primer siglo.

 

El hijo menor hace todo lo contrario de lo que las normas culturales pedían de su conducta; es decir, trae vergüenza a la casa paterna, y por consiguiente a la aldea, al pedirle su padre, estando todavía vivo, la parte de la herencia que le correspondía.  En esa cultura, tal petición significaba desear la muerte inmediata del padre.  Por otro lado, cada acto que realiza después de haber malgastado el dinero, añade impureza sobre impureza: 1) por convivir y compartir con gentiles; 2) por trabajar cuidando cerdos; 3) por comer algarrobos silvestres.  Con esto, Jesús lleva a su audiencia más allá de los límites de lo que era permitido en esa sociedad.  A cada acción inapropiada del hijo, de seguro la audiencia se incomodaba y enojaba más con ese joven «contumaz y rebelde»; porque para esa audiencia, lo que el hijo menor había logrado era una deshonra total de su familia extensa que de seguro abarcaba prácticamente toda la aldea.  Así que su regreso al entorno del clan significaba una humillación sin límites frente todas las aldeas del entorno.  De acuerdo con las leyes, no había otra alternativa más que la lapidación.

 

Jesús agrega en su enseñanza otro elemento cultural importante, pero a la vez exagerado.  El hijo menor sabe lo que le espera a su regreso; pero antes que morirse de hambre, prefiere jugarse el futuro, armando un alternativa bien pensada, deseando vivir para contarla.  Su plan era claro y directo: convertirse en jornalero en la hacienda de su padre.  En la sociedad del primer siglo había tres clases de esclavos o sirvientes de la casa: 1) el esclavo (doulos), que era parte de la propiedad paterna, y de hecho era miembro de la familia; 2) el esclavo de clase inferior (país), que era subordinado al doulos; 3) el jornalero (misthios) que era un extraño, no era parte de la propiedad, ni tenía intereses personales en los negocios de su amo temporal.  Este último era un asalariado que recibía trabajo y paga a destajo; su situación era siempre precaria, pero a diferencia de los otros tipos de esclavos, este era un «hombre libre».  Con este tipo de relación, el hijo menor sabe que podía vivir cerca de su padre, pero sin comer de la mano de él, y sin enfurecer al hermano mayor que ya era el dueño tácito de todo lo que quedaba en la hacienda.

 

La narración, tal como la presentó Jesús, no dejó bien parado al hijo mayor.  En el contexto cultural de los oyentes de la parábola, el hijo mayor también actuó de manera contraria a lo esperado por la comunidad: 1) no protesta ante la petición inapropiada de su hermano menor, ni rehúsa la oferte de recibir su parte de la herencia; 2) no cumple su papel de reconciliador entre el hermano menor y su padre, por la ruptura que implicaba la petición de su hermano; 3) insulta y humilla públicamente a su padre y a su familia al no acudir de inmediato a la fiesta, ni al cumplir su papel como anfitrión principal, dándoles la bienvenida a los convidados, asegurándose de que todos los invitados tuvieran comida suficiente, y de darles órdenes a los esclavos para que cumplieran su trabajo a cabalidad; 4) no usa ningún título de respeto al dirigirse a su padre; 5) insulta nuevamente a su padre al autodenominarse «esclavo» y no «hijo»; 6) acusa a su padre de favoritismo y rechaza al hermano menor; 7) desea también la muerte de su padre.

 

El padre, por su parte, movido por un profundo amor, permite ser humillado por ambos hijos y, en el caso del hijo menor, prefiere romper con los patrones culturales que permitir el rechazo y castigo del hijo por parte de los miembros de la aldea.  De acuerdo con la cultura del mediterráneo de la época, ningún anciano honorable debía correr en público, pues al correr debía levantarse la túnica y mostrar las piernas en público.  Sin embargo, el padre se expone a la ignominia, se adelanta a la reacción hostil de la población de la aldea y protege al hijo infiel de morir lapidado.

 

Al ponerle un anillo, calzado y la mejor ropa, el padre estaba restituyendo al joven como hijo de la casa—Es importante decir que en el contexto mediterráneo oriental, «la mejor ropa­» era la del propio padre; ¡esa fue la que el padre le puso al hijo menor!  Al darle su propia ropa al hijo recién llegado, el padre lo estaba dando el estatus de «patriarca», mismo que él poseía.  Matar y asar el becerro mejor cebado implicaba que el padre quería restituir al hijo no solo en el seno familiar, sino en toda la aldea; ¡la fiesta era para «todo el mundo»!  Es decir, en lugar de permitir los insultos y escarnios de la aldea contra el hijo menor, el padre se adelanta y, en un acto de profundo amor, perdona a su hijo.  El beso y los abrazos lo restituyen y protegen de la muerte a pedradas.  La presencia de toda la aldea en la fiesta, no solo señala que ella también perdona al hijo extraviado, sin o que se convierte en una «bofetada» al hijo mayor: ¡todos están dispuestos a perdonar, menos este que se creía justo y mejor!  De hecho, el padre también se comportó con padre amoroso y perdonador: invita a pasar a su hijo mayor a la fiesta, lo llama «hijo» a pesar de que este no lo había llamado «padre», y le reitera su pertenencia al núcleo de la casa paterna.

 

La parábola del buen samaritano: Este relato (Lc 10,25-37), de acuerdo con los estudios de antropología cultural, se ubica entre el tipo de conducta propia del mediterráneo oriental, llamado «desafío-respuesta».  Aquí tenemos frente a frente a dos conocedores de las Escrituras.  El maestro de la ley, perteneciente a uno de los grupos más importantes en la Palestina de la época de Jesús, le pone a Jesús una «trampa»; es decir, lo desafía con el propósito de poner a Jesús en entredicho frente a sus seguidores.  Como era de esperarse en esa cultura, entre varones, Jesús contraataca con una «respuesta» que desenmascara a su adversario, y lo pone en vergüenza.  En el caso de Jesús, el asunto no terminaba con «la derrota del adversario», sino en darles una lección a sus seguidores.  Como en la parábola anterior, Jesús usa la exageración para lograr impactar a su audiencia.

 

En primer lugar, el relato se construye para hacer que el maestro de la ley se dirigiera a Jesús usando un título especial, con el fin de deshonrarlo: «se levantó» y lo llamó «Maestro» (v. 25).  Al respecto, dice Kenneth Bailey:

 

En el Oriente Medio, el alumno siempre se levanta para dirigirse al maestro o profesor, por cortesía.  En este caso, el Maestro de la ley no solo se levanta, sino que se dirige a Jesús llamándolo “maestro”.  Si no considera a Jesús como superior a él, por lo menos lo considera como igual.[8]

 

Al considerar a Jesús como igual, la trampa que el Maestro de la ley le pone a Jesús tiene, sin duda, el propósito de rebajar a Jesús y ponerlo en vergüenza.  La pregunta con la que Jesús contraataca demuestra que este no tiene la menor intención de ser rebajado y avergonzado por el adversario.

 

En segundo lugar, al elegir Jesús con cuidado a los personajes de la parábola, de manera especial al herido (v. 30), coloca a su auditorio, de manera especial al Maestro de la ley, «entre la espada y la pared».  En ese versículo, Jesús «pinta una escena» en la que la víctima de los salteadores queda desnuda.  Esta condición del herido es un dato curioso e importante; es un detalle que Jesús construye con la habilidad de un gran maestro, y le da a la trama una tensión clave para la resolución del relato.

 

¿Qué intenta lograr Jesús con este dato? Veamos.  En el Medio Oriente o mundo mediterráneo, convivía un número importante de comunidades étnico-religiosas.  El viajero de esa época podía identificar a los «extraños» de dos maneras: por su forma de hablar o por su vestimenta.  En Palestina se usaba una cantidad sorprendente de lenguas y dialectos.  Además del arameo, estaba el griego, el asdodeo del oriente, el samaritano, el fenicio, el árabe, el nabateo y el latín.  En las travesías y por los caminos de Judea, el viajero podía tener la certeza de que aquel con quien se cruzara en el camino era un extraño o un judío.  Con unas cuantas preguntas rápidas,  el viajero podía percatarse del idioma o dialecto del otro viajero.  Pero si la persona no podía hablar por alguna razón, por ejemplo, si estaba tirado inconsciente, un vistazo a la ropa, de inmediato permitía deducir de quien se trataba la persona herida o muerta.

 

Así como sucedía con la lengua, también el modo de vestir variaba entre las etnias.  En el relato de Jesús, el asunto se complica, porque el que está tirado en el suelo está desnudo e inconsciente.  Y este es precisamente el genio pedagógico de Jesús.  En su enseñanza, Jesús tiene como objetivo indicarle al Maestro de la ley y a su audiencia que la respuesta a la pregunta sobre el prójimo tenía que trascender toda frontera racial, étnica o lingüística.  De acuerdo con la parábola, el hombre tirado  a la vera del camino era simple y llanamente un ser un humano en situación de necesidad.  ¡No pertenecía a ninguna comunidad étnica o religiosa!  Su estado de inconsciencia y desnudez exigía un compromiso y solidaridad de aquellos quienes pasaran junto a él, no importaba si era judío o samaritano, sacerdote o levita.[9]

 

Por otro lado, Jesús usó, con poder creativo, la imaginación, y no solo creó nuevos mundos y posibilidades con sus relatos, sino que también revolucionó la semántica de su época.  A palabras y acciones «secuestradas» por la oligarquía, como virtudes y maneras de describir a los que pertenecían a ella, Jesús las arrebata y las aplica a la audiencia, a sus seguidores privilegiados, los pobres y marginados.  Este cambio de aplicación y contexto del uso de términos y expresiones se hace más notorio en el siguiente apartado.

 

El contenido

 

Llama enormemente la atención que en su mensaje, Jesús contraponga el estilo de vida urbano con el campesino o rural.  El choque entre ambos «territorios» resalta sobre todo en el tema del reino de Dios.  En el mensaje de Jesús, el reino se convierte en hogar, en casa de familia.  Dios no es el emperador o rey, sino el padre.  Estas imágenes se encuentran expuestas en el manifiesto resumido en forma de oración del movimiento de Jesús (Mt 6,9-13):

 

Padre nuestro que estás en el cielo:
Que todos reconozcan
que tú eres el verdadero Dios.
Ven y sé nuestro único rey.
Que todos los que viven
en la tierra te obedezcan,
como te obedecen
los que están en el cielo.
Danos la comida que necesitamos hoy.
Perdona el mal que hacemos,
Así como nosotros perdonamos
a los que nos hacen mal.
Y cuando vengan las pruebas,
no permitas que ellas nos aparten de ti,
y líbranos del poder del diablo.

 

En esta oración están listados los elementos clave que coloca Jesús, en acción y palabra, en abierta confrontación con la institución política romana y la religiosa de Galilea y Judea.  Gerd Thiessen lo define así:

 

El reino de Dios no tiene edificios impresionantes.  No hay eruditos que estudien los rollos de las Escrituras; no tiene sabios que indaguen los misterios de la creación; no tiene sacerdotes que celebren actos eternos de culto divino. «El reino de Dios no es imperio, sino una aldea».  Todo sucede como una celebración familiar (Mt 8,11s).[10]

 

Jesús elige bien su lugar de acción, su auditorio y su tema.  En su época y entorno geográfico, prácticamente toda revuelta contra los centros urbanos (por ejemplo, Séforis y Tiberiades) empezaba en las zonas rurales.  Casi todos los cabecillas de grupos rebeldes provenían de Galilea, ¡como Jesús!  Sin embargo, Jesús viene a proponer una alternativa totalmente nueva y radical respecto de las propuestas de los otros líderes de grupos rebeldes.  Como los otros, en el seno del Imperio romano y de la provincia de Palestina (Galilea y Judea), el objetivo de Jesús es lograr un espacio de vida realmente humano para quienes forman su principal audiencia.

 

La respuesta de Jesús es el reino de Dios, y por esto, desde el inicio de su misión, afirma la llegada de ese reino en su propia persona.  Sin embargo, Jesús arrebata de la oligarquía religiosa y política ese concepto y todo lo que implica, y lo plantea de tal manera, que los desdichados, marginados y desclasados sean los principales integrantes del reino de Dios.  Se sienta con los marginados, nombra a sus doce seguidores principales como soberanos del nuevo Israel, entra triunfalmente en Jerusalén de una manera nunca vista antes, limpia y purifica el templo rompiendo toda práctica y tradición sacerdotal conocida, afirma que los extranjeros (la mujer sirofenicia y el centurión romano) muestran una fe más firme y admirable que la que manifiesta su propia gente, le da a una mujer encorvada lugar central en la sinagoga y en la acción salvífica de Dios, y hace de los niños los principales ciudadanos del reino.

 

Frente al sistema de poder, el reinado de Dios, en la predicación y en la acción de Jesús, es más de reconciliación y de paz que de conflicto y violencia.  Prefiere ser víctima de la violencia que sujeto de ella.  Desde el punto de vista social, la suya es una revolución de valores, centrada en el amor y la reconciliación; y en su manifestación final, ese reino celebra un banquete familiar cuyos principales invitados son precisamente los que no tienen familia.[11]

 

En esta revolución de valores, Jesús, sin ninguna acción violenta, transfiere los valores de la clase alta hacia los desposeídos y los marginados.  Si en la tradición himnológica de Israel (Sal 2,6-7), el rey es considerado «hijo de Dios»—Lo mismo sucedía en la Grecia antigua y en la Roma imperial—, en la predicación de Jesús se declara a las personas sencillas y a los pobres como hijas e hijos de Dios.  Los que trabajan por la paz y están dispuestos a perdonar a sus enemigos, no son los soberanos y poderosos, sino los hambrientos, los pobres y los perseguidos.

 

De la misma manera, con relación a los bienes, Jesús considera a una viuda pobre como la más virtuosa con respecto a la generosidad.  La liberalidad de los ricos, considerada como virtud propia de ellos—en Roma, el César era admirado y amado por esa razón—, la desplaza Jesús hacia los pobres.  Para él, el don de los pobres es de más estima que el derroche de riquezas de los ricos.  Jesús exige prestar dinero sin recibir intereses, despojarse de todo y vivir de la riqueza del Padre (Mt 6,23.28).  Él declara: «Dios los bendecirá a ustedes, los pobres, porque el reino de Dios les pertenece» (Lc 6,20, TLA).

 

Jesús mueve el valor y el reconocimiento de la educación y la sabiduría de las clases privilegiadas a las de los pobres y sencillos.  En la tradición sapiencial, tanto del Antiguo Testamento como de las culturas del entrono israelita (Egipto y Mesopotamia), el conocimiento, el estudio y la sabiduría pertenecían a la realeza y a la élite religiosa y militar (Si 39,4).  De hecho, se escuchaba aquí y allá que solamente podía ser sabio el que no tenía que trabajar con sus manos: el labrador, el albañil, el pintor, el herrero y el alfarero.  Se pensaba que como el labrador trazaba surcos con el arado, y el herrero sudaba junto a la fragua, no tenían libre la cabeza para pensamientos elevados.  ¡Jesús, por ser carpintero o artesano, quedaba excluido de ese grupo!  A toda la gente como él, excluida de la sabiduría según el Eclesiástico (Sirácida), Jesús los hace partícipes de la educación y la sabiduría (Mt 11,25-30, BJ09):

 

Por aquel entonces, tomó Jesús la palabra y dijo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla.  Sí, Padre, pues tal ha sido tu decisión.  Mi Padre me ha entregado todo, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

 

Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os proporcionaré descanso.  Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.  Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

El reino del que Jesús habla, y aquí está lo paradójico y radical de su uso, es un reino donde no hay dominante ni dominado.  El soberano es el Padre celestial que protege y provee a todos el sol, las provisiones, la protección y la vida.  El rey que ese Padre envía, Jesús, es la expresión más auténtica de lo que es un orden político libre de dominación; sin duda, una crítica abierta al sistema de dominación imperante en el Mediterráneo de esa época, y a la vez, una alternativa a ese sistema.  Este rey se presenta como el servidor de todos (Lc 12,37; 22,24-27; Jn 13,1-20), hace su entrada, más ridícula que triunfal, montado sobre una burra (Lc 9,57-58), y él mismo , siendo rey, no posee nada y hasta tiene que pedir prestada la burra para entrar «triunfante» en Jerusalén.

 

Jesús rechaza todo tipo de masculinidad hegemónica.  Su trato con las mujeres y sus palabras sobre ellas son una ruptura total con el statu quo, y una afirmación de la centralidad que para Jesús tiene la mujer en el proyecto del reino de Dios.  A una mujer «de mala vida», con probabilidad, una prostituta, le permitió que lo tocara y que hiciera la tarea que el anfitrión de la casa se negó hacer.  Ella se mantuvo todo el tiempo del banquete al lado de Jesús, y este la elogió y la proclamó miembro del reino de Dios ante una audiencia masculina (Lc 7,36-50).

 

En otra ocasión (Lc 13,1-17), Jesús llama al centro de la sinagoga a una mujer que por dieciocho años había sufrido una enfermedad que la mantenía encorvada.  La toca y la sana librándola del dominio del diablo.  Por supuesto, como ocurre en otras situaciones, Jesús se convierte en foco de una controversia de grandes proporciones: sana a una mujer un día sábado y la llama «hija de Abrahán».  Al llamarla así le confiere el honor y la condición que la cultura y tradición judía solo se las daban a los varones.  ¡Nunca antes nadie le había dado ese título a una mujer!  Veamos lo que dice sobre este milagro de sanación Walter Wink:

 

Al sanarla el sábat, Jesús le otorgó a este día su significado original de la liberación de la esclavitud.  Al tocarla, Jesús revocó el código sagrado, con sus escrúpulos masculinos sobre la impureza de la menstruación y la tentación sexual.  Al hablarle en público, Jesús desechó las restricciones masculinas respecto de la libertad de las mujeres, nacidas del miedo a la sexualidad femenina.  Al colocarla en el centro de la sinagoga, Jesús desafió el monopolio masculino sobre los medios de gracia y el acceso a Dios.  Al afirmar que su enfermedad no era un castigo divino al pecado, sino una opresión satánica, Jesús la liberó del sistema de dominación, cuyo espíritu divino es Satán.[12]

 

El clímax de la acción de Jesús y del Padre del reino, de colocar a las mujeres en el lugar central del proyecto salvífico de Dios, es el de haberlas elegido como testigos de la resurrección y primeras proclamadoras del triunfo de la vida (Mt 28,9-20; Jn 20,1-18).

 

Al rechazar la masculinidad hegemónica, Jesús abre un nuevo espacio masculino más humano y humanizante.  En la sociedad mediterránea del primer siglo, y de manera concreta en la Palestina de Jesús, abandonar la casa y el grupo familiar era abdicar de su identidad como varón.  Jesús y sus discípulos hacen exactamente eso.  En Mateo 19,12, Jesús usa la imagen del «eunuco» para referirse, sin duda, a su elección de vida y a la que llamaba a sus seguidores: «Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que fueron hechos tales por los hombres, y hay eunucos que se hicieron a sí mismos por el Reino de los cielos.  Quien pueda entender, que entienda».

 

Por medio de esta denominación afirma su concepción de una nueva masculinidad y desafía por lo menos tres de las expectativas mediterráneas de una masculinidad hegemónica: la sexualidad, el poder y ser en la sociedad marido y padre.  Como el eunuco verdadero, la opción de vida de Jesús lo saca del «lugar masculino» y lo coloca en una situación de ambigüedad y sospecha.  Tómese en cuenta que Jesús no habla de celibato, sino de ser eunuco.  Es decir, usa un término para definirse y definir a sus discípulos con la misma carga semántica y social que él usa para asociar a los recaudadores de impuestos y prostitutas con el reino de Dios.  Jesús tomó del vocabulario de la sociedad contemporánea un término que lo coloca de una manera radicalmente distinta  a la del varón en la sociedad y cultura de la Palestina del primer siglo.

 

La clara intención de Jesús es, junto con su enseñanza y trato con las mujeres y los niños, romper con todos los modelos tradicionales de roles e identidades, y establecer otras totalmente nuevas.  Jesús y sus discípulos, al elegir el estilo de vida que descubrimos en los evangelios, afirma que en el reino de Dios no hay espacio para una masculinidad hegemónica, para el patriarcalismo o para cualquier tipo de dominación  que despreciara la vida plena de todo ser humano, especialmente a los más desdichados y vulnerables.[13]

 

En su predicación y estilo de vida, Jesús integra en el reino del Padre, con todos los deberes y privilegios, a niños, mujeres, «eunucos», personas con enfermedades, con discapacidades, actividades y situaciones de vida que los hacían objeto de rechazo y de estigmatización por «impuros y sucios».  Así, Jesús da por finalizada los siglos de práctica de una religión y sociedad que valoraba la separación de lo impuro y abominable.  Jesús lo expresa de manera concreta: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; lo que realmente contamina al hombre es lo que sale de él» (Mc 7,15).  Sobre el mensaje y práctica del reino del reino de Dios, dice Walter Wink: «… a Dios no le preocupa la cuestión de la pureza sino el amor por los marginados y los rechazados.  El tierno seno de Dios sufre por los que no han sido invitados y por los que no tienen amor; es padre compasivo que trasciende el género, la Madre y el Padre de todos nosotros».[14]

 

La postura de Jesús respecto de la familia, que tanto ha desconcertado a muchos cristianos y grupos, responde con probabilidad al hecho de que para él, en la sociedad y la cultura mediterránea del primer siglo, la familia representaba la estructura y símbolo de toda la sociedad dominante, fuente del patriarcalismo y «ciudadela de la supremacía masculina, principal inculcadora de roles de género y un excelente agente para inhibir el cambio».[15]  Jesús, como ya se ha dicho, renuncia de su familia—la que lo une por lazos consanguíneos—e inicia y ofrece una nueva manera de ser familia.  Al igual que en la literatura profética del Antiguo Testamento, en la que se afirma que la membrecía en el pueblo de la alianza no lo define la etnia, la raza ni la consanguineidad, sino la práctica de la justicia, la solidaridad y la fidelidad; en la familia de Jesús pasa lo mismo: «… quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,35).  «Jesús dijo: “Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda pro mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora, al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna”» (Mc 10,29-30).

 

Llama la atención que Jesús no enlista a los padres en la familia alternativa.  Es decir, Jesús solo reconoce a un padre, el celestial (Mt 23,9).  Así Jesús asegura que ningún varón podrá apoderarse del rol de padre.  ¡En el reino de Dios se da fin al patriarcalismo!  Jesús no pide que se acabe con la familia y su función natural recibida desde la creación, pero sí con una estructura de dominación y marginación.

 

Conclusión

 

Este ensayo ha intentado presentar a Jesús como predicador en los Evangelios, presentándolo en el contexto de su «mundo».  De este modo, se desea ayudar a pastores, evangelistas y demás proclamadores de la Palabra a «conocer» a un Jesús predicador no presentado tradicionalmente en los manuales de predicación y homilética, conocidos y usados el día de hoy.

 

Es a la vez, una invitación a familiarizarse y entrar en los estudios de antropología cultural y social que todavía son temas desconocidos o pobremente conocidos en un buen número de círculos eclesiásticos y del desarrollo de la pastoral.  Por otro lado, aquí se presentan algunas formas de entender y conocer a Jesús de manera diferente a como las tradicionales “biografías de Jesús” nos los han presentado.

 

Todo este intento, presentado aquí, no pretende ser un estudio acabado, ni mucho menos maduro; es más bien una invitación a la reflexión y al diálogo.  La incursión al tema, de quien esto escribe ha sido en sí, en desafío pedagógico.

 

Bibliografía

 

  • Bailey, Kenneth.  Las parábolas de Lucas: Un acercamiento literario a través de la mirada de los campesinos de Oriente Medio.  Miami: Editorial Vida, 2009
  • Crossan, John Dominic.  El Jesús histórico: La vida de un campesino judío del Mediterráneo.  Buenos Aires: Emecé Editores, 2007.
  • Klausner, Joseph.  Jesús de Nazaret.  Buenos Aires: Editorial Paidós, 1971.
  • Moxnes, Halvor.  Poner a Jesús en su lugar: Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios.  Estella: Editorial Verbo Divino, 2005.
  • Theissen, Gerd.  El movimiento de Jesús: Historia social de una revolución de valores.  Salamanca: Ediciones Sígueme, 2005.
  • Wink, Walter.  Teología para un nuevo milenio.  Buenos Aires: Grupo Editorial Lumen, 2005.

 

Notas

[1] Sobre este tema, véase Halvor Moxnes, Poner a Jesús en su lugar: Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios (Estella: Editorial Verbo Divino, 2005): 53-56.

[2] Para hacer un estudio más profundo de la cultura y sociedad de la época y mundo de Jesús, las siguientes obras, entre otras que hoy existen en español, nos son de gran ayuda: Bruce J. Malina, El mundo del Nuevo Testamento: perspectivas desde la antropología cultural. (Estella: Editorial Verbo Divino, 1995); Bruce J. Malina, Social Gospel of Jesús: The Kingdom of God in Mediterranean Perspectiva (Minneapolis: Fortress Press, 2001); Bruce J. Malina y Richard L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I: Comentario desde las ciencias sociales (Estella: Editorial Verbo Divino, 1996); Moxnes (la obra citada en la nota 1); Gerd Theissen, El movimiento de Jesús: Historia social de una revolución de los valores (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2005); John Dominic Crossan, El Jesús histórico: La vida de un campesino judío del Mediterráneo (Buenos Aires: Emecé Editores, 2007); John Dominic Crossan y Jonathan L. Reed, Jesús desenterrado (Barcelona: Crítica, 2003).

[3] Theissen: 42.

[4] Moxnes: 82-83.

[5] Theissen: 43

[6] Moxnes: 88.

[7] Joseph Klausner, Jesús de Nazaret (Buenos Aires: Editorial Paidós, 1971): 258.

[8] Kenneth Bailey, A poessia e o camponês: Uma análise literaria-cultural das parábolas em Lucas (São Paulo: Edições Vida Nova, 1985): 77.

[9] Bailey: 85-86.

[10] Theissen: 170.

[11] Esto y lo que sigue resume principalmente el pensamiento de Gerd Theissen en el capítulo titulado “La visión social del movimiento de Jesús”: 249-314.

[12] Walter Wink, Paz: Teología para un nuevo milenio (Buenos Aires: Grupo Editorial Lumen, 2005): 71.

[13] Sobre lo dicho en los párrafos anteriores, véase Moxnes, capítulos cuatro y cinco.

[14] Wink: 74.

[15] Wink: 76.

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