Introducción al Antiguo Testamento, primera parte

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Mapa el mundo antiguo

 

Los géneros literarios del Antiguo Testamento

En términos generales, todos los escritos del AT pueden incluirse en uno u otro de los dos grandes géneros literarios que son la prosa y la poesía; sin embargo, una segunda aproximación permite apreciar la gran diversidad de clases y estilos que, muchas veces mezclados entre sí, configuran a ambos géneros.

En cuanto a la prosa, es el género en que están escritos textos como los siguientes:

(a) relatos históricos, presentes sobre todo en los libros de carácter narrativo, y que, a partir de Abraham (Gn 11.27–25.7), se refieren, o bien directamente al pueblo de Israel y a sus personajes más significativos, o indirectamente a gentes y naciones cuya historia está relacionada muy de cerca con Israel;

(b) el relato de Gn 1–3 sobre los orígenes del mundo y de la humanidad, el cual merece mención aparte desde el punto de vista literario;

(c) pasajes especiales (p.e., la historia de los patriarcas), narraciones épicas (p.e., el éxodo de Egipto y la conquista de Canaán), cuadros familiares (p.e., el libro de Rut), profecías (en parte), visiones, crónicas oficiales, diálogos, discursos, instrucciones, exhortaciones y genealogías;

(d) textos legales y normas de conducta y regulación de la práctica religiosa colectiva y personal.

En cuanto a la poesía, el AT ofrece diversos modelos literarios, que pueden resumirse en:

(a) cúlticos (p.e., Salmos y Lamentaciones);

(b) proféticos (una parte muy importante de los textos de los profetas de Israel);

(c) sapienciales, que recogen reflexiones y enseñanzas relativas a la vida diaria (Proverbios y Eclesiastés), o que giran en torno a algún problema de carácter teológico (Job).

 

Autores y tradición

De acuerdo con su origen, los libros del AT pueden clasificarse en dos grandes grupos. El primero lo forman aquellos escritos que dejan traslucir la actividad creadora del autor y parecen marcados por el sello de su personalidad. Tal es el caso de buena parte de los textos proféticos, cuyo mensaje inicial fue a veces ampliado, llegando a su pleno desarrollo posteriormente, en ámbitos donde la inspiración del profeta original se dejaba sentir con intensidad.

En el segundo grupo se incluyen los libros en los que, habiendo quedado como desdibujada en el pasado la persona del autor, fueron las tradiciones las que se encargaron de transmitir el mensaje preservado por el pueblo, proclamándolo y aplicándolo a las circunstancias propias de cada nuevo tiempo. A este grupo pertenece una buena parte de la narrativa histórica y de la literatura cúltica y sapiencial.

 

Transmisión del texto

El paso de la tradición oral a la escrita llega para el AT en un tiempo en que el papiro y el pergamino estaban ya en uso como materiales de escritura. De ellos se fabricaban largas tiras que, convenientemente unidas, formaban los llamados “rollos”, una especie de cilindros de peso y volumen a menudo considerables. Así han llegado hasta nosotros los textos del AT (cf. Jer 36), aunque no en sus manuscritos hebreos originales, pues con el tiempo todos han desaparecido, sino merced a la gran cantidad de copias realizadas a lo largo de muchos siglos. De ellas, las más antiguas que poseemos pertenecen aproximadamente al s. I a.C. Fueron descubiertas en lugares como Qumrán, al oeste del Mar Muerto, algunas en bastante buen estado de conservación, y otras muy deterioradas y reducidas a fragmentos.

De las copias que contienen el texto íntegro de la Biblia hebrea, la más antigua es el Códice de Alepo, que data del s. X d.C. y es reflejo de la tradición tiberiense.

El sistema alfabético utilizado en los primitivos manuscritos hebreos carecía de vocales: en su época, y según un uso común a diversas lenguas semíticas, solo las consonantes tenían representación gráfica. Esta peculiaridad era obviamente una fuente de serios problemas de lectura e interpretación de los escritos bíblicos, cuya unificación acometieron los especialistas judíos de finales del s. I d.C.

La labor de aquellos sabios se vio favorecida en la última parte del s. V d.C. por el desarrollo, sobre todo en Tiberias y Babilonia, de un sistema de lectura que culminó entre los s. VIII y XI d.C. con la composición del texto llamado “masorético”. En él, fruto del intenso trabajo realizado por los “masoretas” (o “transmisores de la tradición”), quedó definitivamente fijada la lectura de la Biblia hebrea por medio de un complicado conjunto de signos vocálicos y de entonación.

A pesar del exquisito cuidado con que los copistas realizaron y conservaron las copias del texto bíblico, no siempre pudieron evitar que aquí y allá se introdujeran pequeñas variantes en la escritura. Por eso, a fin de descubrir y evaluar tales variantes, el estudio de los antiguos manuscritos implica una minuciosa tarea de comparación de textos, no solo entre unas y otras copias hebreas, sino también con antiguas traducciones a otras lenguas: así, el texto samaritano del Pentateuco (escritura samaritana); las versiones griegas, especialmente la Septuaginta (hecha en Alejandría entre los s. III y II a.C. y utilizada muy a menudo por los escritores del NT); las arameas (los targumim, versiones parafrásticas); las latinas, en especial la Vulgata; las siríacas, las coptas o la armenia. Los resultados de este trabajo de fijación del texto se encuentran sintetizados en las ediciones críticas de la Biblia hebrea.

 

La Palestina del Antiguo Testamento

La región donde se desarrollaron los acontecimientos más importantes consignados en el AT está situada en la zona inmediatamente al este de la cuenca del Mediterráneo. El nombre más antiguo que de ella registra la Biblia es “tierra de Canaán” (Gn 11.31), sustituido posteriormente entre los israelitas por el de “tierra de Israel” (1 S 13.19; Ez 11.17; Mt 2.20). Los griegos y los romanos prefirieron llamarla “Palestina”, término derivado del apelativo “filisteo”, con el que se conocía al pueblo que habitaba la costa del Mediterráneo. En el tiempo en que el imperio romano dominó el país, una región al menos de este recibió el nombre de “Judea”.

Durante la mayor parte del período monárquico (931–586 a.C.), la tierra de Israel estuvo dividida en dos: al sur, el reino de Judá, del que Jerusalén era la capital; y al norte, el reino de Israel, con su capital en la ciudad de Samaria. Las graves diferencias políticas que separaban a ambos reinos se acentuaron más aún cuando, en el 721 a.C., el reino del norte fue conquistado por el ejército asirio.

El territorio palestino está formado por tres grandes franjas paralelas que se extienden de norte a sur. La occidental, una llanura de tierras bajas bañadas por el Mediterráneo, se estrecha hacia el norte, en Galilea, y luego queda cerrada por el monte Carmelo. En esta llanura se encontraban las antiguas ciudades de Gaza, Ascalón, Asdod y Jope (actualmente un suburbio de Tel Aviv), y la romana Cesarea, de construcción más reciente.

La franja central está formada por una serie de montañas que desde el norte, como desprendiéndose de la cordillera del Líbano, descienden paralelas a la costa hasta penetrar al sur en el desierto del Neguev. La llanura de Jezreel (o de Esdrelón), interpuesta entre Galilea y Samaria, corta en este punto la cadena montañosa, cuyas dos alturas máximas se hallan la una (1.208 m.) en Galilea y la otra (1.020 m.) en Judea. En esta franja central del país se alza la ciudad de Jerusalén (cerca de 800 m. sobre el nivel del mar) y otras importantes ciudades de Judea, Samaria y Galilea.

Al oriente de la región montañosa serpentea la cuenca del Jordán, el mayor río de Palestina, que nace al norte de Galilea, en el monte Hermón, y se dirige hacia el sur a lo largo de 300 km. (poco más de 100 km. en línea recta). Atraviesa en su curso el lago Merom y luego el Mar o Lago de Galilea (o también “Mar de Tiberiades”), y corre por una depresión que se hace cada vez más profunda, hasta desembocar en el Mar Muerto, a 392 m. más abajo que el nivel del Mediterráneo.

Más allá de la depresión del Jordán, a su lado oriental, el terreno vuelve a elevarse. Sobre todo en la región norte se dan cumbres importantes, como, ya fuera de Palestina, los montes Hermón, de hasta 2.758 m. de altura.

Palestina es especialmente seca, desértica en extensas zonas del este y sur del país, con montañas muy pedregosas y pocos espacios que reúnan condiciones favorables para el cultivo. Los terrenos fértiles, aptos para la agricultura, se encuentran sobre todo en la llanura de Jezreel al norte, en el valle del Jordán y en las tierras bajas que a occidente bordean la costa. Las altas temperaturas reinantes se atenúan en las partes elevadas, donde las noches pueden llegar a ser frías. Las dos estaciones más importantes son invierno y verano (cf. Gn 8.22; Mt 24.20, 32), pero, en cuanto al clima, lo esencial para las labores agrícolas es la regularidad en la llegada de las lluvias: las tempranas (entre octubre y noviembre) y las tardías (entre diciembre y enero). Entonces se almacena el agua en aljibes (o cisternas), para disponer de ella durante los restantes meses del año.

Valoración religiosa del Antiguo Testamento

El AT, al igual que toda la Biblia, reconoce en su origen una auténtica experiencia religiosa. Dios se reveló al pueblo de Israel en la realidad de su historia, y lo hizo como el Dios único, Creador y Señor del universo y de la historia, no asimilable a ninguna otra experiencia humana ni identificable con ninguna imagen hecha por los hombres. Dios es el Autor de la vida, el Creador de la existencia de todos los seres; y es un Dios salvador, que siempre está al lado de su pueblo, pero que no se deja manipular por él; que impone obligaciones morales y sociales, que no se deja sobornar, que protege a los débiles y ama la justicia. Es un Dios que se acerca al pueblo, especialmente en el culto; un Dios perdonador, que quiere que el pecador viva, pero que juzga con justicia y castiga la maldad.

De las ideas y el lenguaje del AT están profundamente penetrados los escritos del NT, en cuyo trasfondo se halla siempre presente el Dios del AT, el Padre de Jesucristo, en quien él revela definitivamente su amor y su voluntad salvadora para todo aquel que lo acepta por la fe.

El AT presta especial atención a las relaciones de Dios con Israel, su pueblo escogido. Uno de los más importantes aspectos de esta relación es el pacto con Israel, mediante el cual Jehová se compromete a ser el Dios de aquel pueblo, al que ha tomado como su posesión particular y del que exige el religioso cumplimiento de los mandamientos y las leyes divinas. Así, la común fe, las celebraciones cúlticas y la observancia de la Ley son los elementos que configuran la unidad de Israel, una unidad que se rompe cuando es infiel al Dios a quien pertenece. La historia de Israel como pueblo elegido revela que lo más importante es mantener su identidad religiosa en medio del mundo que lo rodea, paso necesario que ha de dar en dirección al mensaje universal que luego, en Jesucristo, será proclamado por el NT.

No todos los aspectos del AT mantienen igual vigencia para el creyente cristiano. El AT debe ser interpretado a la luz de su máxima instancia, que es Jesucristo. La proyección histórica y profética del pueblo de Israel en el AT es una etapa precursora en el camino que conduce a la plena revelación divina en Cristo (Heb 1.1–2). Por otra parte, el NT es el testimonio fehaciente de que las promesas hechas por Dios a Israel se cumplen con la venida del Mesías (cf., p.e., Mt 1.23; Lc 3.4–6; Hch 2.16–21; Ro 15.9–12). Por eso, ciertas instituciones absolutamente válidas para el pueblo judío dejan de ser igualmente vigentes para el nuevo pueblo de Dios, que es la iglesia (cf. Hch 15; Gl 3.23–29; Col 2.16–17; Heb 7.11–10.18); y algunos aspectos de la ley de Moisés, del culto del AT y de la doctrina acerca del destino del ser humano, personal y comunitariamente considerado, deben ser interpretados a la luz del evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Fuente: Biblia de Estudio Reina Valera 1995. Sociedades Bíblicas Unidas